Zurzo tu trama en este texto

Como descosiendo fantasmas, una hija intenta descifrar el libro que su madre tejió durante décadas con lana y paciencia; un ejemplar único que tras la muerte de esta última se lee como una biografía asémica, carente de palabras.

POR Lina Céspedes

Diciembre 01 2025
mamá tejiendo

Te dejé un libro”, dijo mi madre muy seria, haciendo énfasis en la última palabra. Cuando le iba a responder, abrí los ojos. Me di la vuelta para quedar bocarriba, respiré profundo y apreté con fuerza mis párpados. Traté de zambullirme otra vez en las aguas del sueño para buscarla. Estaba más joven, como de 50 años, con su pelo cenizo, un pantalón gris claro y un buzo azul turquesa. Quería verla de nuevo. Ya han pasado varias semanas desde su fallecimiento y nada que me visita. Nunca he ansiado tanto ver un fantasma. Cuando mi abuela murió, le hice prometer a mi madre que, cuando a ella le tocara el turno, viniera a contarme qué había del otro lado del río Estigia. Quedamos en que ella iba a hacer lo que pudiera para manifestarse, ya fuera la tradicional jalada de piernas o algo más espectacular, como levitar por toda mi casa, rodeada de un aura de luz. Pero hasta el momento nada de eso ha pasado, y me tengo que conformar con que se presente en sueños y me regale frases crípticas, enmarcadas en secuencias aleatorias e inconclusas que se debaten entre ser una reinterpretación de El séptimo sello o una adaptación de El embajador de la India.

 

 

Los objetos hablan de sus dueños, de sus aspiraciones, debilidades, pasiones y desaciertos. De todos los que poblaron la vida de mi madre, Rosa Ligia, y de todos los que ahora nos dan las coordenadas de su ausencia, me aferro a su cuaderno de muestras de tejido. Lo comenzó en 1958, recién casada con mi padre. Cuadriculado, marca Norma, de ochenta hojas y cubierta de color café que imita las vetas de la madera. Un cuaderno cualquiera que se ha convertido en el referente nostálgico de la escolarización de varias generaciones colombianas que hoy pasan de los 40 años. Rosa Ligia siempre lo tuvo cerca, lo llevó consigo a cada una de las casas donde vivió luego de salir de la de sus padres. A lo largo del tiempo ella fue cosiendo a las hojas los modelos tejidos por sus manos. Con hilo y aguja pegaba. Con lápiz o esfero escribía, en un lenguaje arcano, las instrucciones para replicar la muestra. Ya estuviera guardado en una cómoda o reposara encima de una mesa, ese cuaderno era la señal de que allí habitaba ella. De niña, cada vez que tenía la oportunidad, pasaba sus páginas solo para ver cómo el tejido con lana se unía a la página para formar lo que para mí era una fascinante incoherencia. Mientras yo dibujaba letras y números en los renglones ferrocarril y las cuadrículas de mis cuadernos, mi madre mezclaba en el suyo una variedad de lenguajes que me desconcertaban. Aquí el diseño que rompía la lisura de las páginas, allá el recuadro cifrado en secuencias de rayas, equis y ceros. Al crecer, a veces me asaltaba la duda de dónde estaba el cuaderno. Con avidez lo buscaba hasta que mis ojos reconocían al fondo de un cajón o en la esquina de un estante su figura de fuelle henchido, pronto
a exhalar un resuello.
 

El cuaderno respira, como hasta hace poco lo hacía mi madre. Sus hojas se mueven y su silueta se ensancha y se contrae bajo mi tacto. Entiendo que a este cuaderno se refiere cuando me dice en el sueño que me dejó un libro. Tantas veces le dije que lo quería como herencia y aquí lo tengo palpitando en mis manos. Su insistencia en decir que es un libro me conmueve y me llena de cuestionamientos. Para una mujer que se enorgullecía de haber sabido escoger y leer con juicio las mejores obras de los catálogos del Círculo de Lectores, llamar así a su cuaderno resalta el valor que para ella tenía y su intención de que este comunicara algo sobre su vida más allá de su muerte.

 

 

¿ Cómo leer el libro de mi madre? ¿Qué hacer con este ahora que es mío? Podría volver a tejer, tratar de recordar lo que ella y mi abuela me enseñaron a mis 6 o 7 años y que procuré olvidar en la adolescencia, cuando me pareció que era una labor de amas de casa pasadas de moda. Hace varias semanas, mientras ponía a prueba mi determinación y paciencia al enmallar unos cuantos puntos en una de sus agujas de croché, recordé la imagen cristiana del libro de la vida. La primera vez que supe de esta fue al final de mis veintes, cuando leí el trabajo monumental de Philippe Ariès, El hombre ante la muerte. Allí el autor cuenta cómo en la Europa occidental fue cambiando a partir del siglo xiii la interpretación simbólica del libro al que se refieren varios apartes de la Biblia y en el que, supuestamente, se recoge la evidencia para juzgar la existencia de los seres humanos al final de los tiempos: “Vi a los muertos, grandes y pequeños, de pie ante el trono. Se abrieron los libros, y se abrió también el libro de la vida. Los muertos fueron juzgados por sus obras, según lo escrito en los libros” (Apocalipsis 20:12).
 

El análisis de Ariès da a entender que, con el surgimiento de la subjetividad individual y la consolidación del comercio, aquel libro dejó de ser ese único volumen que un ángel lleva para seguirle el paso a la humanidad, y en cambio se multiplicó en tantos ejemplares como individuos existen. En este sentido, se convirtió en un “libro de cuentas”, combinación de autobiografía y salvoconducto para escapar de los suplicios del infierno. Incluso, el espíritu creyente de la época le dará al demonio la pluma, despiadado acreedor que registrará con minuciosidad las cuentas por cobrar para seguirles la pista a sus deudores. Unas veces, este será el único autor que anota y balancea la caja. Otras veces, un ángel compartirá la autoría para llevar el inventario de las buenas obras y así ajustar con benevolencia el corte de cuentas. Nada que ver con esa idea que leí en el estudio de Roberto Calasso sobre el Antiguo Testamento en El libro de todos los libros, donde dictamina que la justicia divina no es como la de los humanos, pues mientras estos se la pasan llevando un librode contabilidad a dos columnas con el fin de asignar unpasivo para cada acción reprochable y un activo para cadauna de sus obras virtuosas, la del terrible Dios anterior alNuevo Testamento es caprichosa y errática, por lo menos a los ojos de los mortales. Que lo diga Job, un dechado de virtudes al que poco le sirvió ser cumplidor de la ley divina, o Abraham, la imagen de un pequeño pueblo que se transformará en el más grande por designio divino, y un hombre al que Dios le dirigió la palabra después de 75 años de vida sin pena ni gloria para convertirlo en el encargado de sellar su pacto de redención. “Los caminos de Dios –diría el autor de Eclesiastés– son misteriosos como la senda del viento”.

 

 

Abrí el cuaderno de mi madre dispuesta a leerlo como el libro de su vida. Sin ángeles ni demonios, solo ella como su autora con la misión de dibujar una traza, un rasguño en el anillo que va delineando el tiempo al remolcar el mundo. No era una aproximación del todo descabellada. Ella misma contaba que había aprendido a tejer antes que a leer y escribir, así que nada tenía de extraño que asumiera el tejido como su lenguaje. Dentro de sus páginas encontré lo que entendí como un regalo para mí: una de sus carpetas en croché sin almidonar. La suavidad del hilo, señal de que no la había sometido a la rigidez del almidón, me indicada que era la última que había confeccionado. Hace meses le pedí que me hiciera unas cuantas carpetas, solicitud del todo caprichosa, pues en mi casa ni el estilo ni el espacio se prestan para ello. Apenas ella dejó de ir a Chapinero a comprar la materia prima para sus tejidos supe que se estaba organizando, en palabras de Rosario Castellanos, “para la ausencia verdadera”. Supuse que si yo se lo pedía y me ofrecía a llevarla a los almacenes, ella iba a retomar sus labores y evadir la muerte. Pensé que si ella seguía enredando el hilo, dos de las Parcas seguirían haciendo lo propio. Me dio gusto a medias y prometió hacerme algo con lo que le quedaba de unos ovillos. Parece ser que la treta tuvo algo de éxito, pues el navajazo de Átropo, la tercera Parca, llegó después de que Rosa Ligia rematara y cortara el hilo de su propia labor.
 

Mi abuela le enseñó a mi madre a tejer y coser. Fue una habilidad que le llegó a ella después de haber pasado de mujer en mujer por varias generaciones en su familia. Aunque la técnica es la misma, el sentido del gesto fue distinto en las manos de Rosa Ligia. Mientras mi abuela y las mujeres que la antecedieron aprendieron de costura primordialmente para suplir las necesidades de sus hogares –proveer vestido, sábanas, manteles, colchones y cobijas–, mi mamá cosió por el puro placer de la ornamentación. El rojo furiosamente liberal que le corría en la sangre a su padre, que contaminó la herencia conservadora de su esposa, y la parranda de temibles chulavitas que ondeaban sus machetes por cada vereda de Boyacá para rebanar a todo liberal que se les pasara por el frente convirtieron a mi madre en una bogotana a la edad de 8 años.
 

Mi mamá era una mujer de la urbe. El pueblo en el que nació, Soatá, constituyó para ella una referencia lejana, casi de leyenda. Fue un vientre materno, una piel templada a su alrededor para abrigarla y que apenas le dejaba ver atisbos de la realidad bajo la bruma de la infancia. Era el sitio de los dátiles, las granadas y las habas; de la casa grande con su enorme filtro de agua; de la finca donde, de todos los animales, solo los perros podían tener un nombre; de la carne salándose en las cocinas, y de la inconveniencia y el miedo a salir a la medianoche del cuarto para ir al baño. También era el lugar de la violencia, apenas intuida y maquillada por sus padres con juegos a las escondidas en el monte para escapar del galope de los chulavitas. Bogotá, en cambio, fue su teatro, un espacio y tiempo de cerros, lloviznas y expansión furiosa de calles arrastradas por automóviles que iban cada vez más rápido. Tras bastidores y en escena, ella forjó la trama de una identidad de mujer de clase media citadina para un público donde ella era la principal invitada. Atrás quedaba esquilar las ovejas para escarmenar e hilar la lana. Ahora era el taconeo de Rosa Ligia por los andenes de Chapinero, una composición sonora para un desfile de entradas y salidas por los almacenes de hilos y lanas del sector.

 

 

Margo Glantz sentencia en el título de uno de sus ensayos que “la modernidad empieza con la aguja”. Así problematiza la manera masculina en que se crea nuestro pasado y se selecciona aquello que merece ser contado e incluido en los inventarios como digno de recordación. “Si la historia la hiciesen las mujeres se registraría el descubrimiento de la aguja y del hilo como el inicio de la era moderna”, afirma. En el ensayo la Glantz se dedica a explorar cómo esa reclusión del sexo femenino en el espacio doméstico y en las labores propias del tejido y la costura ha representado tanto una condena al olvido como una ruta para su rebelión. 

Por la misma vía, la investigadora venezolana Beatriz González Stephan narra en “Subversive Needlework: Gender and History at Venezuela’s National Exhibition 1883”, un texto incluido en el libro Images of Power. Iconography, Culture and the State in Latin America (Jens Andermann y William Rowe eds.), cómo una mujer protestó silenciosa pero ocurrentemente contra la estructura patriarcal de la naciente nación latinoamericana. El nombre de la protagonista era J. Paz Guevara y su acción sediciosa fue colar en la Exhibición Nacional de Venezuela, celebrada en el año 1883 para conmemorar el nacimiento de Simón Bolívar, un retrato de Policarpa Salavarrieta bordado con pelo humano. Por supuesto, la señorita Paz Guevara descubrió su obra en un salón exclusivamente femenino, porque si bien el sexo débil fue incluido para demostrar cuán democrático era el nuevo orden, era preciso separarlo de las grandes y auténticas obras de los hombres. 

 

 

González Stephan enfatiza en la importancia del gesto y la intención creativa de Paz Guevara. Mientras un grupo selecto de varones celebraba al padre de la patria con sus pinturas y esculturas, la señorita Paz Guevara infiltró la imagen de una mujer que supo hacer de su insignificancia
como costurera que va de casa en casa la estrategia perfecta para escuchar y susurrar las palabras claves que derrumbaran a un régimen. Por eso fue condenada a morir fusilada. Por eso merecía ser parte de la iconografía de los precursores de la patria. Quizá a esto se refiere la Glantz
cuando escribe sobre el poder de la aguja que, afilada, pasa de un lado a otro de la tela tensada en el tambor hasta cambiar su faz.
 

Elizabeth Wayland Barber, arqueóloga y lingüista, propone algo así de radical. En su libro Women’s Work. The First 20,000 Years asegura que la invención del hilo y la costura hace veinte o treinta mil años es el comienzo del mundo que conocemos. Tejer el hilo permitió fabricar la tela para protegerse del clima, las bolsas para cargar objetos, frutos o presas y las cuerdas para tender trampas, lanzar la carnada para la pesca y unir diversas partes para armar una herramienta. Enredar el hilo también abrió la puerta a la distinción. Solo el emperador romano podría llevar las ropas púrpuras, las mortajas transformarían los cadáveres en cuerpos sagrados y el largo de los pantalones y las medias marcaría la entrada en la adultez. 

Aunque no es posible atribuirle el invento a una o varias mujeres, sí se puede decir que la aparición del hilo da inicio a la asociación del tejido y la costura con la feminidad. Barber explica que la división del trabajo productivo y reproductivo de la prehistoria facilitaba esa asignación. Si bien monjes y monjas bordarán en la Edad Media, en talleres y monasterios, para alimentar un mercado ávido por adornar carteras, mantos y estandartes de guerra, la fuerte unión entre costura y mujeres será consolidada en el marco del apogeo del liberalismo. En el libro The Subversive Stitch. Embroidery and the Making of the Feminine, la historiadora del arte británica Rozsika Parker culpa a los victorianos de que, en su afán de esculpir un ideal femenino, interpretaron anacrónicamente al Medioevo. En esa operación reforzaron la división entre arte y oficio, que venía ganando fuerza desde el Renacimiento, y confinaron a las mujeres a no ser más que manos que dan puntadas en soledad sin ningún horizonte artístico.

 

 

Mi madre quería una revolución, pero no necesariamente una que fuera feminista. Lo que ella ansiaba era hacerse con un estilo, con un sentido del gusto que forjara su identidad y le permitiera tener su nicho en la clase media acomodada bogotana. Anhelaba ser acogida por la ciudad y para ella se vistió, peinó, fumó, leyó y salió a ver a Buñuel, Visconti, Cantinflas y Chaplin en el Teatro Faenza. Rosa Ligia se forjó una feminidad compleja en la que una pasión por la estética de lo que se consideraba mujeril en la época se mezclaba con la curiosidad por aquello que la rebasaba o subvertía. A veces pienso que escogió el tejido para suavizar la agudeza de los ángulos que se formaban en este choque de fuerzas. Otras, quiero creer que sus agujas e hilos fueron disimuladas y precisas herramientas con las que fue dando puntadas certeras para reformar a su antojo los dechados de virtudes y vicios propios de su sexo.
 

Croché y dos agujas. Esas fueron sus técnicas preferidas. Desde que tengo consciencia, en la casa materna siempre hubo cobijas, sacos, patines y mitones para recién nacido, caminos de mesa, carpetas para darles un lugar a lámparas y porcelanas, toallas bordadas con finales de croché similares al encaje y limpiones de cocina adornados con bordes sobrepuestos en lana e hilo para ennoblecerlos. Canastos para guardar las lanas e hilos eran parte de la estructura del hogar, junto con los cajones y cajas llenas de agujas de todos los tamaños y grosores, las tijeras, las cintas y los metros. Siempre estaba el rincón con la silla favorita para tejer. Cuando Rosa Ligia se recogía en esa esquina, tramaba al tiempo entre tejidas y ensortijadas. No era meditación, era urdimbre.
 

En el libro que mencioné varios párrafos atrás, Rozsika Parker cuenta que Colette, al ver a su hija coser, sintió miedo. La razón: en ese silencio, solo perturbado por el ruido de la aguja, ella pensaba. En el suyo, mi madre también podía ser temible, pues imaginaba e inventaba. Camuflada tras la fachada de una señora bogotana que enredaba la lana, ella canalizaba su voluntad de crear. Quizá mi padre fue el único lo suficientemente sensible como para saber qué estaba pasando más allá de esas manos inquietas que trenzaban figuras geométricas con posibles significados ocultos. Eso explica el recelo que le causaba la tejedora que habitaba en su esposa y las diversas maneras, entre corteses y amenazantes, con que le pedía darles sosiego a sus manos. Pero aun cuando se entregaban a regañadientes al reposo ahí estaba el cuaderno, su libro de la vida. Ella me dijo que, con su hermana, quien también llevaba su propio cuaderno, solían recrear muestras tomadas de revistas, de los tejidos de otras amigas, de los diseños en las tiendas, de donde fuera. El libro ilustra, entonces, un impulso creador. Yo, que soy analfabeta en el lenguaje del tejido, solo puedo creerle. Incluso si mi mamá y mi tía nunca variaron y solo copiaron, ¿por qué no entender como arte el tejer las puntadas y pegarlas en el cuaderno junto con los gráficos de la hechura?

 

 

Un mundo de individuos en el que los dioses han muerto, son profundamente indiferentes o extremadamente respetuosos de nuestra capacidad para tomar malas decisiones necesita un gusto estético. No hay otra forma de salvarnos. El arte y las normas de su apreciación nos reclaman para la cultura y nos trazan una estrategia de escape de la naturaleza con su sentencia de insignificancia y anonimato. Mientras la luz del mundo se siga cerniendo sobre nosotros, seremos abrazados por el propósito común de justificar nuestra presencia a través de un estilo, una sensibilidad y una escala de valores. Somos bienvenidosen sociedad para sumar nuestra existencia a la fuerza que ha de contener la manigua, mantener a raya el desordenado impulso de la vida y resignificar la simple pulsión por la supervivencia. 

Moriremos. Nacemos porque nos marca esa certeza. La expulsión del Edén dio comienzo a la cultura, la cual está simbolizada por la prohibición de acercarnos al árbol de la vida y la necesidad de trabajar, parir y cubrir nuestra desnudez. No solo es reproducirnos o producir, sino imaginar, ya sea la vuelta al paraíso o las formas para embellecer el destierro. Somos humanos porque llevamos la mancha de la mortalidad que, mientras va engullendo cada parte de nuestro cuerpo y alma, nos lleva a rodearnos de sentido para domesticarla, para temerle solo en su justa medida y soñar con un legado en el otro mundo, ya sea entre nubes idílicas o en la persistencia del recuerdo de los que quedan. Emil Cioran, en La tentación de existir, lo resume mejor cuando dice que “[c]ada uno es su sentimiento de la muerte”. Mi madre tejió para adornar, amansar el tiempo y modelar una estética. Compuso un libro de muestras que, con su código para mí ininteligible, cifró su fórmula para hacerse con una vida, es decir, con un destino.

 

 

Al final de su vida, mi madre insistió en que la llamaran Rosa. Después de toda una vida de ser conocida por familia y amigos como Ligia, ella se aferró con fuerza a su primer nombre. Había muchas Rosas en su familia, ella explicaba, por eso la llamaban por el segundo nombre, para no causar confusión. Rosa Helena, Rosa Berta, Carmen Rosa, Rosa María, Rosa Ligia y quién sabe cuántas Rosas más. Parece ser que era el nombre de moda. Así como se quitó de facto el apellido del marido, que con su “de Céspedes” la reclamaba luego de la separación y de la tumba, se presentó en los últimos años en bancos, formularios y consultorios médicos como Rosa Báez. Su decisión me causaba gracia y me estremecía en su reclamo de una identidad fuera de las coordenadas entretejidas por el matrimonio, la maternidad y sus vicisitudes. 

En su estudio sobre la prehistoria de los textiles, Elizabeth Wayland Barber afirma que la rosa ha sido símbolo persistente de protección y que por eso ha sido bordada en los vestidos de distintos pueblos con insistencia. Incluso menciona que George Melville Bolling, lingüista y profesor de griego del siglo xx, interpretó que lo que está bordando Andrómaca en el manto de su esposo Héctor cuando recibe la noticia de su muerte son rosas para librarlo de todo mal. A pesar de todas las discusiones que ha despertado la traducción de ese pasaje de la Ilíada, me quedo con esta versión por su controversia y habilidad para conjurar en una sola imagen las angustias y los anhelos del amor. Bordar para invocar lo que salve al amado de la muerte. Yo, por mi lado, no bordaré ni tejeré como ella. No creo que tenga ese talento en mí. Ese no es mi lenguaje. Lo mío son las palabras y con ellas trenzaré los textos que la recuerden. Cada párrafo, una rosa que se deshoja en cada lectura y se recompone a la espera de la próxima, así como mi madre, que murió como Rosa, tejió repetidamente las formas de la flor: a rose is a rose is a rose… 

ACERCA DEL AUTOR


Lina Céspedes

Doctora en derecho de la Universidad de Temple, Filadelfia. Fue becaria Fulbright y residential fellow del Institute for Global Law and Policy de la Universidad de Harvard.